EL GRAN GOLPE
(The
Anderson Tapes)
1971.
Dir. Sidney Lumet.
Basada en un bestseller que
inició la carrera de Lawrence Sanders como exitoso escritor de novelas de
crimen, misterio y humor, recuperamos esta oscura película en la filmografía del
maestro Sidney Lumet, surgido de la televisión en vivo de los años cincuenta, para posteriormente tornarse en prolífico realizador de largometrajes (este fue
su 16° título). A pesar de haber sido un éxito literario, su versión fílmica no
fue taquillera y pronto quedó en el olvido. Su gran cualidad es la presencia
del magnético Sean Connery, filmada antes de Los diamantes son eternos
(Hamilton, 1971) que sería su última participación como James Bond (dentro
de la línea original de la serie de manufactura: por eso no se toma en cuenta a Nunca
digas nunca jamás, de Kershner, en 1983).
Lo más interesante de esta película es
que fue una primera incursión en el mundo tecnológico del audio y vídeo como instrumentos para el espionaje y la vigilancia. El
título en inglés (“Las cintas de Anderson”) se refiere a las cintas de carrete
que están grabando todas las conversaciones de Anderson sin que éste se dé
cuenta. Recién liberado de la cárcel luego de diez años por haber fallado en un
trabajo para mafiosos, Duke Anderson (Connery) sale de prisión y no tarda en
realizar dos cosas: volver con su antigua amante Ingrid (Dyan Cannon) quien
ahora es mantenida por el dueño de un lujoso edificio de departamentos en
Manhattan. Por otro lado, va con sus antiguos jefes de la mafia para pedirles
que financien un gran golpe: el robo de dinero, objetos, documentos, de todos
los departamentos del edificio donde vive Ingrid.
Y aquí entra la parte tecnológica,
además de humorística, de la trama: el amante de Iris está grabando sus
conversaciones por celos. Luego, las pláticas que lleva a cabo Anderson con los
mafiosos, y con otros viejos compinches, también están siendo registradas por
diversas entidades: la CIA, Hacienda, la división de narcóticos. En todas estas
grabaciones, lo que les importa a los agentes son las personas con las cuales
Anderson platica, nunca con él. De esta manera, Anderson planea y conjunta a
una banda para realizar un atraco fenomenal donde involucrarán a los disímbolos y particulares habitantes de esos departamentos. Por supuesto que las cosas tendrán
un giro del destino, así como un gracioso e irónico final.
En los créditos de la película se
agradece la colaboración de la empresa Ampex, importante fabricante de
equipo de grabación. Lo que vemos en pantalla son primitivas cámaras de
seguridad, grandes equipos de grabación para cintas de carrete, fotografías
tomadas en los bancos para asegurar la identidad de los clientes, además de una
inmensa computadora, alimentada por tarjetas, para llevar el registro de sospechosos,
convictos y criminales; en otro momento, se coloca un transmisor en un
automóvil para que otro vehículo que va detrás, por medio de antenas aéreas,
capte un diálogo en el interior del auto. Tres años más tarde, Coppola filmaría
La conversación, donde el equipo de vigilancia será más sofisticado, tal
como el que se utilizaría para las grabaciones que apoyarían la caída del
deleznable Richard Nixon como presidente.
Los créditos anuncian la presentación de Christopher Walken, joven actor que ya tenía muchos años con pequeños roles tanto en cine como televisión, hasta que le llegó esta oportunidad (no obstante, pasarían otros siete años para su gran éxito y Óscar por El francotirador). Martin Balsam (a quien puede identificarse como el detective asesinado en Psicosis mientras subía por las escaleras de la casa de Norman Bates). Aquí aparece como el dueño de una tienda de antigüedades, abiertamente homosexual. Lo que es muy notorio es que por ser 1971 no había problema con usar el epíteto, ahora insulto, fag en inglés, para indicar el equivalente de “joto” o “maricón” que ya son políticamente incorrectas en español. Otro caso es cuando se menciona a un niño parapléjico como “lisiado” (o crippled) que en estos tiempos terribles por censuras y sensiblerías estúpidas es ridículamente insultante.
Connery, Sean Connery
Sean Connery aparece cubierto con una
toalla y muestra su entonces bien formado cuerpo (tenía 40 años). No utiliza bisoñé y se nota
su calvicie prematura. Sin embargo, el carisma natural, su voz penetrante e
inconfundible, además de su excelente actuación, hace que esta película (ya
oscura en su filmografía) se sostenga contra todo anacronismo. El maestro
Lumet, experto en diseccionar y establecer los cuestionamientos y motivaciones
de sus personajes para que lleguen al final que les corresponde, acorde con su
moral y comportamiento, logra que este Duke Anderson – Sean Connery, tenga su
justa conclusión (como el jurado impasible de Doce hombres en pugna o
cada chica de El grupo o el sacrificado detective Serpico o la
rectitud y honestidad de El príncipe de la ciudad) y esta es una lista mínima
de una carrera impresionante. ¡Y una película deliciosa!
El maestro Sidney Lumet (1924 - 2011)












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